La crisis nos afecta a todos en mayor o menor medida, tal vez por esa razón están apareciendo en casi todas las empresas donde hay muchos trabajadores, un personaje que por regla general suele ser una señora de mediana edad, que ofrece algunos productos a muy buen precio y cuyos ingresos van destinados a una ONG o similar.

Por lo general son artículos de droguería (lavavajillas, fregasuelos, detergente, suavizante…) o algún tipo de bombón o derivados del chocolate.

La manera que tienen de conseguirlos es mediante contacto con algún representante de los principales fabricantes (muchos de ellos afincados en Cataluña) y después de explicarles su idea caritativa consiguen hacerse con lotes que están a punto de caducar y ya no pueden poner a la venta, productos que si son de chocolate en verano tendrán problemas de almacenaje y distribución, etc…

La persona se encarga de recoger los artículos, prepara lotes con un poco de todo y posteriormente los reparte entre las familias que se acercan a la ONG en busca de un poco de caridad. Luego, si les sobra material te los ofrece en el trabajo a un precio mucho más interesante que el que encontrarás en la tienda.

En principio, el fabricante cedió esos productos para que se repartieran gratuitamente, no para que se vendieran, pero esa es otra forma de encontrar financiación para las familias que lo están pasando peor y que cuentan con menos recursos.

Bueno, no sé si estás al día de este tipo de personas, la verdad es que no me importa mucho si hay algún tipo de chanchullo de por medio, sólo con el interés que ponen en ayudar a algunas familias ya me parece correcto, pero hoy no iba a hablar de ellos, voy a hablar de los que le compran esos artículos a buen precio.

Cada semana, sobre todo los viernes, varias compañeras aprovechan para comprar lavavajillas, detergente, fregasuelos y quizás alguna cajita de bombones por aquello de darse  un capricho.

Siempre les hago la misma pregunta:

¿Por qué compras esos productos? ¿Por su precio o por hacer caridad?

Algunas me dicen que por ayudar a la ONG, otras directamente que porque son baratos, aunque la mayoría utiliza el argumento de la caridad.

Bien, mi siguiente pregunta es:

¿Si costase ese producto lo mismo que en una tienda, también lo comprarías por caridad? En este punto la cosa ya varía bastante. No todas me dicen un rotundo SI, algunas me confiesan que si no fueran tan baratos no compraría tantos cada semana, otras directamente se sinceran y me confiesan que ni de coña comprarían.

Vale, ya quedan pocos que de verdad hacen caridad, pero tengo alguna pregunta más:

Si tu excusa es que compras porque es más barato que en la tienda y de paso haces caridad… ¿Cómo de barato tiene que ser el producto como para que cambies de opinión? Y si fuera sólo 5 céntimos más barato que en la tienda, lo comprarías igualmente? En estos casos ya quedan menos que me digan con cara seria que igualmente lo comprarían sólo por el hecho de ayudar a las familias que lo necesitan.

Para acabar les pregunto que si no han pensado en que si compran esos productos a punto de caducar o en condiciones “no óptimas” no hacen gasto en tiendas donde hay gente que trabaja, familias que viven de esos sueldos, sueldos que se perderán porque no venden tantos artículos como antes… Alguna me dice que soy un demagogo, yo les digo que ellas confunden caridad con hipocresía.

Si de verdad quieres ayudar a una familia no compras el Mistol a mitad de precio, lo compras en una tienda de barrio y le das el dinero a tu vecino, pero no la mitad, le das lo mismo que pagarías en la tienda. De esa forma tú sigues teniendo el Mistol que querías comprar y ellos tienen un sueldo a final de mes. Pero de esta manera ya no haces caridad, haces negocio y de eso no se entera mucha gente todavía.

No tiene nada que ver con este caso, pero recuerdo una conversación con una jefa de ventas de Carrefour de Sevilla, que me contaba que al principio los paquetes de arroz, garbanzos, lentejas, papel higiénico, botellas de aceite… Que se rompían y ya nadie compraban, los almacenaban y se los donaban a algún asilo de monjas como acto de caridad.

A los seis meses dejaron de colaborar con las monjas porque pillaron a varias señoras mayores metiendo el dedo en los paquetes de azúcar, de lentejas, de arroz. Cuando el vigilante les llamaba la atención ellas explicaban que las “hermanitas” les habían dicho que lo hicieran porque así tendrían más productos para el mes que viene…

Con esto no generalizo, sólo pongo un ejemplo de que la caridad tiene su parte negativa porque acostumbras al que tiene necesidades a que siempre habrá una mano amiga que le siga dando la sopa boba, pero nunca una puerta a la que llamar para encontrar una solución a su situación de forma permanente.

Por esa razón tengo muchas discusiones con la gente que practica habitualmente la caridad y yo les acuso de hipócritas. Yo no doy donativos, no echo monedas a la gente que pide en la calle, sólo pongo la X en la casilla de la Renta donde dice que destinan parte de mis ingresos a fines sociales.

Pero en cambio si hago otro tipo de cosas que para algunos es caridad y para mi es algo diferente:

La última noche que pasé en Sevilla antes de venirme a vivir a Cataluña, estuvimos tomando unas copas con los amigos a modo de despedida. A las 4 de la madrugada, cuando ya íbamos de retirada una pareja y yo, nos encontramos a un chaval de unos 25 años, con barba de tres días, despeinado y sucio, que medio en italiano medio en inglés medio en español nos explicó que había llegado esa mañana a la estación del Ave. Que venía de Erasmus pero que al llegar al piso que le habían dicho sus colegas no estaba nadie, para colmo le habían robado la maleta y le habían sacado una navaja en una zona chunga de Sevilla, por lo que llevaba desde las 8 de la mañana sin comer, sin dinero, sin teléfono para llamar a casa… Y lo peor, nadie, absolutamente nadie quiso ayudarle en lo más mínimo.

Yo antes que nada le miré a los ojos, vi que el tío hablaba en serio, estaba temblando como un pajarito y eso que no era un enclenque precisamente, era más bien espigado y bastante más alto que yo.

Le tranquilicé, le expliqué donde estaba la embajada italiana, pero que a esas horas no encontraría ayuda allí. Fuimos juntos al McDonald’s que estaba cerca y abierto todavía, le invité a un menú, le dejé 40€ y le dije donde había una pensión donde podría dormir, ducharse y comer algo hasta que al día siguiente pudiera ir a la embajada a pedir ayuda.

El tío se echó a llorar, me abrazó, me daba besos en la cara, en la frente, me decía una y mil veces grazie, grazie, grazie, mientras yo le dije sólo una cosa:

Si me estás tomando el pelo espero que la vida te castigue y te veas en esta situación de verdad cuando menos te lo merezcas. Me dió su email, su número de teléfono, me invitó a que le visitara la próxima vez que visitara Italia…

Nada más salir del McDonald’s tiré sus datos a la papelera porque sabía que nunca le pediría que me devolviera el favor. En ese caso actué de corazón, no por caridad sino por ofrecerle una oportunidad de salir del apuro, la misma que me gustaría encontrarme si me viera en su situación en un país extranjero.

Estoy seguro que la vida me ha devuelto con creces esa buena acción de aquella ya lejana noche de septiembre del 2.004. Sigo pensando que no actué por caridad porque en ese caso sólo le habría dado 5€ para que se comprara un bocadillo de salchichón y que se buscara la vida por otra parte. Sólo le abrí una puerta, la puerta a la que llamó pidiendo ayuda y no caridad.

No sé si según tu opinión es lo mismo que hacer caridad, tampoco sé si eres de los que sueles practicarla, si das donativos habitualmente, si no dejas nunca de soltar alguna moneda a cualquiera que pida por la calle… Imagino que son temas tan personales que cada uno lo entiende a su manera y que siempre actúa de buena fe.

En ese caso no tengo nada que añadir, pero no soporto a los que usan la caridad como excusa hipócrita, cuando en realidad lo que quieren es comprar bombones a mitad de precio…

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