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Conocer mejor a una persona gracias a sus errores

El viejo dicho «de los errores se aprende» no siempre termina con las palabras correctas, porque lo que más aprendemos es a conocer cómo es una persona en realidad.

Pocas cosas te ayudan a conocer mejor a alguien que verle en determinadas situaciones. Por ejemplo yo me fijo mucho en ver cómo alguien trata a un camarero que llega a la mesa a tomar nota. Si le trata con educación y respeto o como si fuera un criado a sus órdenes. Pero si hay algo de verdad que me gusta observar para conocer a alguien es ver cómo se comporta cuando comete un error.

Incluso en mi trabajo, cuando llega alguien nuevo, lo primero que le digo es «no te llamaré compañero hasta que no hayas metido la pata a fondo». Muchas veces no me entienden y piensan que incluso les estoy deseando mala suerte. Pero en realidad les estoy mostrando mis cartas: Hasta que no vea cómo reaccionas a un error no te voy a considerar un compañero.

En mi caso no tengo ningún problema en reconocer un error ante mis jefes, creo que es una muestra de que soy una persona práctica y realista. El hecho de no esconder una cagada creo que me ha dado cierta credibilidad ante mis jefes porque ya saben que si algo no fuera bien lo habría dicho, porque no tengo miedo a contarlo. Pero esto se logra después de muchos años de experiencia, sin miedo a ponerse colorado un día porque la has cagado. Lo importante no es no cometer nunca un error, lo realmente importante es cómo actúas ante un error. Eso dice mucho de tu actitud profesional.

Esto vale tanto para la vida laboral como para una relación sentimental. Al final la vida está llena de obstáculos y es importante tener un buen acompañante que te apoye en los momentos más duros, que te sea fiel y puedas confiar en que siempre estará ahí. Pues en el trabajo hay que pensar de la misma forma, es muy importante tener compañeros fieles, dispuestos a apoyarte en los peores momentos.

Y las empresas lo están teniendo muy en cuenta, porque saben que el miedo a equivocarse es un freno a la innovación. Si llevas 10 años trabajando igual es que estás trabajando mal. Porque siempre se puede mejorar todo, hacer de forma más eficiente y óptima. Si tienes miedo al error te conformas y no quieres cambiar nada por miedo a cagarla. Cada vez más empresas aplican una política de autonomía personal, dejando que el trabajador tenga un pensamiento crítico, abiertos a los posibles errores pero siempre serán menores a los beneficios de productividad.

Reconocer los errores aumenta la credibilidad y la productividad

Pero vayamos a lo importante, a analizar cómo reacciona una persona ante un error (sin importar tanto la gravedad del error o sus consecuencias). De hecho creo que podríamos tratar de clasificarlos en categorías, así será más fácil de luego reconocerles en la vida real:

Los que nunca se equivocan

Tal cual, hay gente que nunca jamás se equivocan… Porque siempre es otro el que tiene la culpa, claro. Estos son de los más peligrosos, porque no reconocen nunca un error por culpa de un orgullo mal entendido. Suelen ser personas poco humildes y dispuestas a todo con tal de mantener su reputación impoluta. Grado de peligrosidad: 8

Los que se lo toman a coña

No está mal tomarse las cosas con humor, pero hay gente que no controla y se acaba tomando todo a coña, sin darle nada de importancia. La excusa manida de «cualquiera se puede equivocar» la hemos usado todos pero hay gente que parece que no conoce más excusas o justificaciones. Pocas cosas hay más frustrantes que ver a alguien cometiendo errores y que se comporte como si todo le importase tres pimientos. Grado de peligrosidad: 6

Los que se quieren morir

El nivel de autoexigencia que tiene cada uno es diferente pero hay que aprender a perdonarse, no podemos querer desaparecer de la faz de la Tierra por un error. Entiendo que hay cagadas cuyas consecuencias son graves, pero ante una situación así de poco sirve fustigarse y castigarse como si no hubiera solución. Es importante también enseñar a nuestros hijos que la exigencia bien entendida comienza por aplicar el autoperdón de los errores, porque eso nos permite aprender a conocernos mejor y seguir creciendo. Grado de peligrosidad: 4

Los que siempre lo hacen todo mal

Ante un error lo primero que hay que hacer es no quedarse quieto. Siempre hay algo que podemos hacer, buscar soluciones, probar alternativas y sobre todo, pedir ayuda a quien sí pueda solucionarlo. Aquí entra en juego la humildad y la búsqueda de soluciones. No pasa nada por buscar ayuda y reconocer frente a otra persona que no sabes solucionar un error. Esta actitud suele ser habitual en la gente cuya cabeza siempre repite «pero si es que todo lo que haces lo haces mal, yo no sé ni para qué lo intentas si te saldrá mal». Hay que dar confianza y probar diferentes estrategias para localizar la fuente del problema. Porque a veces es verdad que todo lo hacen mal, pero suele ser por un error a la hora de iniciar la tarea. Mucha gente no lee las instrucciones o no deja por escrito lo que ha hecho. Luego no sabe por donde va, se pierden en el proceso y acaba saliendo todo del revés. Grado de peligrosidad: 5

Los vengativos dispuestos a humillar

Hay gente retorcida capaz de darle la vuelta a cualquier situación para convertirla en un arma arrojadiza. Cualquier error propio lo usa para atacar la labor de otra persona, «claro, la he cagado por culpa de Fulanito que no ha hecho bien su trabajo». Quizás este tipo de personas sean las más peligrosas si dan a parar a una empresa que consienta esta actitud. Los errores se reconocen y de ellos se aprenden, pero hay que evitar que nadie aproveche el momento para humillar a nadie, ni entre compañeros ni en las relaciones jerárquicas. Grado de peligrosidad: 9.

En definitiva, cometer errores nos muestra débiles, provoca que nuestro cerebro sufra un choque, una disonancia cognitiva (resulta que no sabía tanto como creía y por eso la he cagado). Esto genera dolor en muchas personas, por eso hay que entrenar en la reacción frente al error, no vale regodearse en la pena. Encontrar patrones de conducta que nos lleven a cometer siempre los mismos errores, usar cualquier herramienta a nuestro alcance que nos ayude a reducirlos. Así volveremos a ganar confianza y bienestar.

Si todo el mundo comparte la opinión de que fue un error y tú te mantienes en tus trece, eso se interpretará como un signo de debilidad de carácter. Dicen que cuando pides disculpas le das un gran poder a quien las recibe en cambio otros opinan que a veces negarse a pedir disculpas frente a un error te confiere más poder a ti y aumenta tu autoestima. Quizás hay que abandonar la mentalidad judeocristiana de la culpa y centrarnos en aceptar las responsabilidades y trabajar para que no haya errores y los pocos que existan se solucionen de la manera más eficiente posible.

Por último, si este post no te gustó entonces fue mea culpa.

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