La Mona de Pascua “Bética”

Siempre os hablo de mi maravillosa mujer, pero nunca os he hablado de su fabulosa Yaya (término cariñoso para llamar a las abuelas en catalán, el término correcto sería Àvia).

Esta entrañable señora ha ocupado en mi corazón el hueco que siempre he guardado para el cariño de una abuela, y del que casi no he disfrutado.

Mi abuela paterna, Isabel Muñoz, murió cuando yo sólo era un niño, creo que sería el año 87-88, y todo el mundo me cuenta siempre la gran nevada que cayó durante su entierro. No me vale el concepto de abuela para describirla, porque no recuerdo ni su voz, ni un gesto cariñoso, ni un regalo. Yo era el penúltimo de sus 16 nietos (y 8 bisnietos), y siempre he sospechado que ni sabía cómo me llamaba.

Mi abuela materna, María Hormigo (mola el apellido, eh? Qué pena que se pierda) si fue más mi abuela, pero como vivíamos en ciudades diferentes tampoco recuerdo que nuestro trato fuera exactamente el que deberían tener una abuela y su nieto. Imagino que pasaba algo similar que con mi abuela Isabel, yo era uno de los últimos nietos en nacer y sólo era uno más de los 8 nietos. Murió poco antes de la boda de mi hermana mayor, y al poco le siguió mi abuelo Antonio. Increíble, toda la vida juntos, se murió ella de insuficiencia cardiaca, y a los pocos días se murió él, y no saben por qué (yo si lo sé, se murió de pena).

Pues eso, que nunca he tenido una abuela que me hiciera mimos, ni regalos, ni me regañara con la zapatilla en la mano, ni me enseñara cuentos (al menos mi abuela María nos cantaba canciones de cuando era pequeña).

Y ahora, con casi 30 años, tengo una maravillosa abuela política jejeje, que me quiere como si yo fuera su nieto biológico, y me llevo fenomenal con ella. Siempre tiene algún regalito o detallito para mi, y este lunes de Pascua (fiesta en Cataluña) aprovechó la tradición para regalarme mi primera Mona de Pascua:

La mona de Pascua, tan tradicional en Cataluña, Valencia y Murcia, es la presentación de los clásicos huevos de Pascua, de chocolate o de caramelo, con un pastel o una tarta como base, o bien sobre una construcción de chocolate.

En el siglo XVIII, era ya el obsequio clásico del padrino a sus ahijados, y el número de huevos correspondía a los años de edad de los niños hasta llegar a los doce. En ese momento, tal vez como punto final de este obsequio, el número de huevos se elevaba a trece. La tarta que los acompañaba era una confección sencilla de repostería, conocida como coca de Pascua, y podía revestir diversas formas de animales o de objetos, como ocurría en Francia con los “pains d’épice”.

A mediados del siglo XIX, las monas pierden su sencillez inicial y su presentación se hace más complicada, enriqueciéndose con unos adornos de azúcar caramelizado, almendras azucaradas, confituras, guirlache, anises plateados y, desde luego, los huevos de Pascua pintados, todo ello coronado por figuras de porcelana, madera, cartón o tela.

En Barcelona, destacaron en la confección de la mona Agustí Massana, que tenía su acreditada pastelería en la calle de Fernando, y otro excelente repostero llamado Medir Palet, de la calle de Avinyó. Con el tiempo, Massana consiguió un gran éxito con sus monas rematadas por una figura caricaturesca, no pocas veces inspirada en algún político de la época, que movía afirmativamente la cabeza. Fueron conocidas como “Si, señores”. En cambio, el muy antiguo Forn de Sant Jaume presentó siempre unas monas más clásicas y tradicionales, con su pastel elaborado mediante una fórmula secreta de la casa, a la que se daba el nombre de “pasta cristiana”.

¿De dónde procede el nombre de “mona”?

La primera explicación que se nos ocurre es la presencia de un muñeco de cualquier tipo como adorno del conjunto, pero, dado que fue primero la mona que el muñeco, esta sugerencia parece quedar invalidada. Resulta curioso comprobar que en el diccionario “Gazophylacivum Catalano-Latinum”. de Joan Lacavallería, publicado en Barcelona en el año 1696, mona tiene una definición puramente zoológica, pero el Diccionario de la lengua castellana, de la Real Academia, ofrece en su edición del año 1783 la siguiente definición: “Valencia y Murcia. La torta o rosca que se cuece en el horno con huevos puestos en ella con cáscara por Pascua de Flores, que en otras partes llaman hornazo.”
Lo cierto es que, en sus diferentes versiones, la mona de Pascua era regalo del padrino el Domingo de Resurrección, y que el ahijado iba a recogerla personalmente en su casa. La parte comestible servía como postre para toda la familia. Era también costumbre que el niño agasajado aprovechara la ocasión para recitar ante el padrino un verso laboriosamente aprendido: la “décima”.
En nuestros días prosigue la tradición de la mona de Pascua, tan popular como siempre, y es también tradicional que en estas fechas los maestros reposteros presenten en sus establecimientos auténticas obras de arte, generalmente a base de chocolate.

Del libro «Las cosas nuestras de cada dís» de Charles Panati

Y como es tan linda (eso se hereda, y por eso mi mujer es tan maravillosa), ha pensado incluso en hacerme la Mona con un toque bético, y mira que preciosidad me regalaron el pasado lunes:

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Por cierto, mi Yaya se llama Ana, y tiene 82 añitos, y le quiero como si fuera mi abuela.

 

Publicado por cavalleto

Sátiro de nacimiento, trabajo como técnico en una multinacional de biotecnología. Escribo en este blog personal desde 2004. Aquí saco a pasear el látigo de vez en cuando.