En todos los barrios de España había personajes que se repetían: el mecánico, el señor que vendía periódicos y cromos, la señora de la frutería y el relojero. En mi caso, el relojero se llamaba Felipe y me enteré el otro día que hacía ya 4 años que había muerto.

Hacía ya mucho que había cerrado su relojería porque ya nadie compraba relojes y mucho menos se gastaban el dinero en arreglarlos. Y tienen razón, entre los que ya no usan reloj porque miran la hora en el móvil y los que se los compran en internet, pocos pasaban por su relojería. Sólo quedaban los que visitaban a Felipe para cambiar las correas de los relojes, sustituirles la pila cuando se gasta y poco más.

El caso es que en mi casa el relojero era casi tan familiar como el médico, el frutero o el mecánico. Por alguna razón a mi familia siempre les gustó tener varios relojes de carrillón, de esos que había que darles cuerda cada ciertos días y que daban los cuartos, las medias y las campanas cada hora. No veas el coñazo que daba. Y los mimaban tanto que Felipe venía una vez al año a «ponerlos a punto». Con sus guantes, su caja de herramientas, su lupa de monóculo… Era todo un ritual verle trabajar para engrasar y poner al punto el mecanismo de los relojes que teníamos en casa.

Al enterarme de que Felipe había fallecido le expliqué a mi hija pequeña quién era y en qué consistía su trabajo. Me miraba como si le estuviera explicando cómo se rodaba el cine mudo en tiempos de Chaplin. Tiene 10 años y dice que si quiere mirar la hora ya tiene el ordenador o el iPad.

Y no sé por qué ahora echo mucho de menos el sonido del carrillón, dando las campanadas, después de que Felipe hiciera su revisión anual.

Publicado por cavalleto

Sátiro de nacimiento, trabajo como técnico en una multinacional de biotecnología. Escribo en este blog personal desde 2004. Aquí saco a pasear el látigo de vez en cuando.