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Los Ninis y la generación del Rincón del Vago

No existen recetas mágicas, no podemos encontrar una explicación simple a un problema complejo, pero en el caso del paro juvenil al menos deberíamos tratar de no alimentar el victimismo de los protagonistas.

Ayer leí un tuit de @JorgeGalindo que decía así:

No pude dejar de contestarle esto:

cuando un adulto se equivoca tiene que asumir responsabilidades. Si elegiste mal la carrera, ahora asume las consecuencias. Si tu familia te convenció, que no se queje de tener ahora al niño en casa hasta los 35.

Menos dramas y más afrontar los problemas buscando soluciones. Lamentándose y buscando un culpable imaginario no llegarán lejos.

Es cierto que ese millón y pico de jóvenes no se pueden incluir todos bajo la etiqueta de «Ninis», hay muchos que ya han terminado su etapa educativa y siguen sin encontrar una oportunidad laboral. Pero es ahí donde creo que se está alentando el victimismo, cuando la realidad es otra, diferente de lo que se empeñan en mostrar, donde somos culpables todos, la sociedad, el Gobierno y los jóvenes. Pero como diría Dexter, «vayamos por partes».

La burbuja de la educación universitaria

Los que nacimos ya en democracia hemos crecido en una sociedad que luchaba por romper aquel viejo lema de que «el hijo del obrero no puede ir a la universidad». Y los sucesivos gobiernos han ido devaluando los programas formativos hasta convertir un título universitario en un simple papel, carente de valor, porque buscando la «democratización» del acceso a la educación superior, crearon una burbuja de «titulitis» que explotó ya hace años.

Una titulación universitaria era algo difícil de conseguir, en primer lugar por el elevado nivel académico, siendo el tema económico menos relevante. Con la llegada de la democracia y las becas universitarias, el acceso aumentó, pero se mantuvo el nivel de exigencia académica. Eran muchos los que dejaban la carrera al segundo año porque no tenían nivel suficiente. Esa fue la generación de nuestros hermanos mayores, la que hoy en día ocupan los puestos de dirección de la mayoría de empresas.

Luego llegó mi generación, la que tuvo el acceso a la educación universitaria más «barato» de la historia. Cualquiera podía acceder porque las notas de corte tras selectividad bajaban en picado. Se crearon facultades en todas las grandes ciudades, ya no se exigía un buen expediente académico, bastaba con pasar el corte y ya estabas dentro. Siempre hubo excepciones, titulaciones que vivieron su particular especulación, como Fisioterapia, Odontología, Enfermería o Medicina. Estoy seguro que no soy el único que tiene un amigo enfermero que se tuvo que ir a Inglaterra o a Portugal a buscar trabajo porque aquí no había.

Aquello fue surrealista. Las universidades pedían una nota elevada para acceder a una titulación que luego no te permitía encontrar trabajo. Pero eso no era lo peor, con otras titulaciones se bajaron tanto las notas que cada año había 500 nuevos titulados saturando su mercado laboral. Literalmente explotó la burbuja de los títulos universitarios.

Si lo piensas bien, un universitario ha costado mucho dinero público en formación. Lo mínimo es que la sociedad recibiera a cambio su fuerza de trabajo como especialista. La realidad es encontrar a licenciados ocupando puestos para los que no se requiere formación, dejando sin trabajo a los que no tuvieron acceso a la universidad. Es surrealista, la pescadilla que se muerde la cola. Universitarios que trabajan en puestos que deberían ocupar los jóvenes sin formación, que tienen derecho a labrarse un porvenir laboral.

La titulitis

Hace tiempo escribí aquí sobre aquel tipo que se hizo tan famoso por su carta en Facebook, que se lamentaba que siendo universitario con dos carreras y estaba limpiando baños en Londres. Recibí muchas críticas por aquel post, la gran mayoría positivas (puedes leerlo aquí). Pues sigue siendo vigente ese argumento, porque dentro de ese 20,5% de jóvenes que ni estudian ni trabajan hay muchos que eligieron la formación equivocada. Alguien les engañó haciéndoles creer que tenían derecho a trabajar «de lo suyo», sin importar si habían estudiado Ingeniería o Psicología.

Ahora se sienten estafados, no llegó su ansiado trabajo pese a que ellos terminaron su carrera. Y claro, como hay carreras cuyo nivel de exigencia es tan bajo que cada año se diploman más y más alumnos, ellos mismos acaban saturando la demanda de trabajo que supera con creces la oferta real.

En cambio hubo miles de jóvenes, los tontos de la clase, que en lugar de ir a la facultad tras acabar COU, se decantaron por volver al instituto y conseguir un título de Formación Profesional. Lograban un oficio que les daba otra oportunidad de acceso al mercado laboral, antes incluso que los que seguían en la universidad.

Pero claro, a tu madre eso de que su hijo hiciera FP, como los tontos, no le gustaba ni un pelo. Su hijo tenía que ser Abogado como su abuelo. El hijo consiguió el título a base de repetir, repetir y aprobar a base de copiar trabajos de «El Rincón del Vago». Finalmente tuvo su título de abogado, pero no encuentra trabajo, lógico. Como él hay miles, sin un nivel digno para acceder a la realidad que necesita el mercado laboral.

Ahora te ríes, pero estamos recogiendo lo que sembramos durante los 90’s. Miles de universitarios que lograban aprobar sin estudiar ni aprender algo tan fundamental como el trabajo bibliográfico.

La dependencia emocional y económica

Estoy seguro que a ningún Nini le gusta seguir viviendo todavía en casa de sus padres, pero ese es el primer problema, que saben que siempre podrán quedarse a vivir en esa casa. No empezamos a asumir responsabilidades hasta muy tarde, aquí un tío de 30 años sigue sin saber lo duro que es llegar a fin de mes, pagar el alquiler, la comida, los gastos de una casa… Le gustaría poder hacerlo, pero no sabe. Su familia no ha sabido darle el empujón que los pájaros le dan a sus hijos en el nido, ya sea por excesivo afecto o porque el ego sigue destrozando a más de una familia. Los jóvenes siguen manteniendo sus mismos círculos de amistades, no experimentan el hecho de poder empezar de cero en un nuevo entorno, reinventarse, escribir su propia historia.

Si, el ego. Eso es lo que mantiene a un gran porcentaje de ese 20,5% de jóvenes que ni estudian ni trabajan en su situación. Hay tanta gente deseando trabajar de lo que sea como gente que no está dispuesta a renunciar a un trabajo «de lo suyo» y que ni se plantean comenzar de cero en otro sector laboral.

Hoy mismo lo comentaba con un compañero de trabajo que vivió algo parecido a lo que yo tuve que vivir. Acabar una formación superior para descubrir que no era ese el camino correcto. Pero en nuestro caso nos reinventamos, empezamos desde cero otra vez, cambiamos de sector y ahora podemos disfrutar de un trabajo estable, bien remunerado y en una multinacional biotecnológica.

Yo le dije a mis padres que quería trabajar de lo que fuera a los 16 años. Pronto me salió trabajo de camarero en verano, pero su primera respuesta fue: – «Mi hijo no va a trabajar sirviendo mesas, que tu padre no se merece eso». No culpo a mi familia, era una mentalidad extendida en esos tiempos. Mis padres habían trabajado duro para tener un nivel de vida cómodo y holgado. A ellos si les sirvió la titulación universitaria para alcanzar un estatus superior a nivel socioeconómico, normal que quisieran lo mismo para sus hijos. La realidad es que al final todos tuvimos una titulación universitaria y ninguno trabaja «de lo suyo».

Las soluciones

Muchos de esos Ninis son veinteañeros universitarios con muy poca experiencia laboral. Ha perdido miles de horas de trabajo, su formación no pasa más allá del nivel de aprendiz, cuando a su edad ya debían estar obteniendo el reconocimiento de maestro.

Si te encuentras en ese callejón, donde no logras trabajar «de lo tuyo», la alternativa se llama formación profesional. Busca un oficio y lábrate una carrera. No todo se acaba buscando trabajo en la administración ni siendo funcionario. Pero cuenta que con casi 30 años tendrás sólo un título sin experiencia, no será fácil la incorporación al mercado laboral, pero al menos sabrás un oficio con el que ganarte la vida e incluso poder montar un negocio.

Cuando tenía 14 años mi padre decía que siempre harían falta fontaneros, pero él quería que su hijo fuera médico. Hoy seguro que muchos de aquellos que eligieron ser «fontaneros» hoy agradecen haber elegido un oficio antes que soñar con ser el médico del pueblo.

Y sobre todo, cuando un adulto se equivoca tiene que asumir responsabilidades. Si elegiste mal la carrera, ahora asume las consecuencias. Si tu familia te convenció, que no se queje de tener ahora al niño en casa hasta los 35.

Menos dramas y más afrontar los problemas buscando soluciones. Lamentándose y buscando un culpable imaginario no llegarán lejos.

P.D: El fenómeno Nini no es exclusivo español, puedes buscar más información sobre el síndrome «Failure to launch«.

1 comentario en “Los Ninis y la generación del Rincón del Vago”

  1. En mis últimos años de carrera reflexioné mucho sobre esto. Especialmente cuando supe que en Bélgica iban a cerrar las escuelas de Periodismo porque el mercado laboral no podía absorber tanto titulado.

    Yo tengo 24 años y trabajo «de lo mío». He tenido mucha suerte, aunque también supe desde el principio que limitarme a estudiar la carrera era mi perdición segura. Dejé de ir a clase, cogí experiencia fuera de la Facultad -mis padres lo asumieron pese a gastarse las perras, y se lo agradezco- y me saqué el título en el tiempo previsto.

    Por otra parte, uno de mis mejores amigos comenzó Ingeniería Industrial al mismo tiempo que yo Periodismo. Duró dos años en la escuela. Solo aprobó una. Se metió allí -me lo admitió él mismo hace poco- por las perspectivas, por el dinero que iba a ganar, etcétera. Nunca se planteó otra cosa.

    Hoy es técnico de sonido y pronto será técnico de imagen. Y es una máquina. Por suerte, él pudo tomar el camino correcto a tiempo. Las familias hacen mucho daño en este sentido. Yo quise ser veterinario como mi padre, pero él quería que tomase aquella decisión con fundamento.

    Me llevó al campo un día que era fiesta en el cole. Nos enseñó unas vacas en la finca de un cliente. Se puso un guante que llegaba hasta el hombro e introdujo la mano por el ano del animal. Un rato después, capó delante de mis ojos a dos cerdos que, por supuesto, no pararon de chillar de dolor. Los perros se comían sus testículos, también delante mía.

    Si mi padre me hubiera convencido de seguir sus pasos, probablemente me hubiera encontrado en una difícil tesitura. Me dejó volar libre -y mi madre también- y escogí una carrera sin futuro, sin grandes sueldos pero que se me da bien y me hace sentir completo.

    Cuestión de suerte.

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