Cómo pasa el tiempo, primo. No digo que pase rápido, digo que vuela, que se te escapa de las manos, que pierdes la noción de cuantas cosas han sucedido y lo poco que sabemos aprovechar el tiempo que tenemos para vivir.

Estaba recordando con unos amigos que mi primera visita a Cataluña fue cuando vine con el colegio en el viaje de fin de curso. Mis amigos eran todos mayores que yo, así que me apunté a un largo viaje en autobús, desde un pueblo perdido de la provincia de Huelva, hasta otro pueblo todavía más perdido de la provincia de Tarragona.

El primer día nos acercamos a visitar la maravillosa ciudad de Barcelona y coincidimos con una fiesta muy rara, casi de locos. Nos pilló de sorpresa a todos, porque en Andalucía no se celebra San Juan, así que fuimos como catetos a meternos en la boca del lobo, justo en el Passeig de Gracia y cuando todos los «diablos» comenzaban a lanzar petardos y bengalas.

Imagínate la situación, 50 niños corriendo como locos, cada uno en una dirección, y los 3-4 profesores que venían como tutores del grupo histéricos gritando para que no nos separáramos. Una odisea, yo acabé escondido en una cafetería y no recuerdo cómo me encontraron.

De aquella anécdota se cumplen ahora 25 años. Pensé en ese momento que los catalanes estaban locos por el fuego y los petardos, que no nos parecíamos en nada los andaluces y los catalanes. Además, como no sabíamos que era festivo no pudimos entrar en casi ningún sitio de los que teníamos en la agenda. Todos estaban cerrados, y así aprendimos nuestra primera palabra en catalán: Tancat.

El caso es que mi siguiente viaje a Cataluña coincidió otra vez con una noche de verbena de San Juan. Fue 8 años después, en otro viaje de fin de curso del instituto. Esa noche ya sabíamos «qué nos íbamos a encontrar» en la ciudad y vaya que si lo aprovechamos. Sólo recuerdo con detalle una macrofiesta en un campo de fútbol de césped, con miles de chavalas a cual más buenorra, y muchísimo alcohol barato. El desayuno fue amanecer en una rave ilegal en una nave industrial de alguna zona de Badalona. Menuda noche.

Y algunos años después me encuentro viviendo en Cataluña como un catalán más. Esta tierra que me parecía tan extraña, tan moderna para unas cosas y tan «rústica» para otras (con la comida sobretodo, aquí tienes a Ferrán Adriá pero la gente sigue pagando por un trozo de «pa amb tomaquet» y butifarra), me ha acogido como a un ciudadano más, sin pedirme cuentas ni ponerme un barómetro que mida mi nivel de catalanismo. Eso seguro que a más de uno le cuesta de creer. Que aquí la gente pueda vivir feliz e independiente de las movidas políticas y el tema de la imposición de lenguas. La ventaja que tiene Cataluña respecto a Andalucía es el nivel de independencia que tiene el individuo. No es tan habitual mantener el contacto familiar más allá de hermanos y primos, eso reduce los círculos sociales «carnales», pero si se mantienen los «afectivos» con compañeros de trabajo y amigos de la infancia. Así que si en algún momento quieres hacer tu vida no te pesa porque no estás dejando en la estacada a uno «de la familia».

A parte de eso me he adaptado muy bien porque aquí encontré justo lo que quería: trabajo que se adaptase a mis características y una sociedad exenta de «canis» y sinvergüenzas. No, no te voy a vender la burra de que aquí no hay paro ni ladrones. Pero aquí no encuentras un niñato queriendo colarse en cualquier cola, ni tienes que quitar la antena del coche si no quieres que te la roben, no encuentras gorrillas pidiéndote dinero por aparcar en la puta calle, ni tienes miedo a cruzar un paso de peatones por si pasa un cani en moto, a todo trapo y sin casco. No, de eso aquí no hay (y si hay no lo  verás tan asiduamente como en cualquier ciudad de Andalucía).

Esa generación perdida, que no aporta nada a la sociedad y que campa a sus anchas es lo que más agradezco no tener aquí. Aquí claro que hay ninis y «chonis», pero viven en ciudades-guettos, no como en Sevilla o Málaga que los encuentras detrás de cualquier esquina. Eso canis que cuando son adultos ocupan el único puesto de trabajo para el que están cualificados: gorrillas aparcacoches.

Hace poco me tildaron de cobarde por haber emigrado a Cataluña. No seré yo el que saque pecho de mis actos, no es mi estilo. Pero no sólo se emigra para buscar trabajo, en mi caso fue por amor (ya os he contado la historia más de una vez) y como recompensa encontré una sociedad abierta, plural, poco dada al marujeo, sin canis y con pocos ninis, con una tasa de delincuencia callejera muy baja comparada con lo que me había tocado vivir hasta ahora.

De aquella noche de locos han pasado 25 años, donde estaré dentro de otros 25 años? Con estar vivito y coleando ya me doy por satisfecho.

Publicado por cavalleto

Sátiro de nacimiento, trabajo como técnico en una multinacional de biotecnología. Escribo en este blog personal desde 2004. Aquí saco a pasear el látigo de vez en cuando.