No, no he sido un gran usuario de videojuegos, pero tengo excusa. Empecé a “sufrirlos” más que disfrutarlos cuando estrené mi Spectrum Sinclair +2 128k en 1990. Era una odisea lograr que cargasen los juegos y cuando alguno funcionaba lo dejaba encendido durante días y días hasta que me cansaba de jugar.

La llegada de las consolas me pilló en una época donde nos gustaba más irme a la calle con la bici y el balón que no encerrarme en un cuarto. Pero claro, había amigos que pasaban más tiempo con Super Mario y Sonic que con nosotros. Aunque los gráficos de aquellas primeras consolas no eran mucho mejores que los de mi austero Spectrum. Eso tampoco ayudó a que me aficionara a los videojuegos.

Y ya cuando salió la Playstation yo estaba más interesado en las chicas que en seguir encerrado jugando en casa, así que las volví a dejar pasar de lado. Los pocos amigos que seguían “enganchados” me enseñaban cómo habían ido evolucionando los gráficos y la calidad de los juegos, pero no, ya era tarde, se me había pasada la adolescencia sin tiempo para disfrutar del mundo de los juegos.

El otro día leía que han pasado 30 años desde el estreno de Super Mario Bros. y toda mi adolescencia regresó a mi memoria de golpe. En todos estos años hemos pasado de encerrarnos en un cuarto a jugar a poder hacerlo en el móvil o el portátil en cualquier rincón con conexión a internet.

Ahora reconozco que suelo jugar de vez en cuando a juegos online, nada complicado, me gustan los clásicos tipo Tetris, Super Mario, o clásicos de ese estilo. La ventaja es que ahora puedo jugar sin esperar media hora a que cargue el cassette sin que falle a última hora, cómodamente en mi portátil, en el móvil mientras espero a que mi hija salga de alguna actividad extraescolar…

Entiendo que ahora los chicos estén siempre pegados a la pantalla jugando, es tan cómodo y fácil que es difícil resistirse.