Tengo por costumbre leer un cuento a mi hija cada noche, desde que nació. Ahora que ya va creciendo y entiende más cosas aprovecho para explicarle cuentos con moraleja, que premian comportamientos que me gustaría que mi hija tuviera en el futuro: constancia, paciencia, trabajo, ingenio, creatividad, valentía…

Hoy os dejo un cuento que leí hace tiempo (no recuerdo donde lo encontré) y que trata sobre una gran costumbre: ahorrar. Era más o menos así:

Había una gran familia que se reunía una vez al mes en casa de los abuelos para comer todos juntos. Ese día el abuelo le daba una moneda a cada nieto, y lo habitual es que fueran corriendo al kiosko a comprar chuches. Pero su abuelo les quiso enseñar una lección, les propuso lo siguiente:

Tenéis que intentar guardar todo el dinero que os voy a ir dando durante el próximo año. El que más dinero haya logrado ahorrar tendrá un premio por mi parte.

Y pasó lo lógico, los más pequeños no pudieron aguantar y se gastaron el dinero en chuches como siempre, no tuvieron paciencia para aguantar un año. Otros ahorraron un poco, pero se gastaron parte del dinero en chuches y juguetes, otro se lo había jugado a los cromos con sus compañeros y había perdido todo el dinero. Y quedaban los dos niños mayores, cada uno había hecho una cosa diferente.

El mayor había logrado guardar todo el dinero que su abuelo le había regalado mes tras mes. Llegó a la comida familiar y todos le aplaudieron por su constancia y su enorme capacidad de ahorro. El abuelo le dio la misma cantidad que había ahorrado como premio.

El otro niño no dijo nada, la familia dio por hecho que se había gastado el dinero y no le prestaron atención. Pero en realidad tenía un plan, lo que pasa es que no le había dado tiempo a acabarlo en sólo un año.

Durante el año siguiente el abuelo siguió dando el dinero como siempre, no dijo nada de seguir ahorrando, les dejó total libertad. Cuando pasaron dos años, el niño que no había dicho nada, que todos habían dado por hecho que no había sabido ahorrar, les reunió a todos en la comida familiar, sacó una guitarra y les dio un concierto estupendo con canciones de los tiempos de sus padres y abuelos.

Entonces decidió desvelar su plan: En la parada de Metro más cercana a su casa había un señor que tocaba la guitarra para pedir limosna. El niño le dijo que quería aprender a tocar la guitarra y que le daría lo que ahorrase con la paga que le daba su abuelo. Al músico le hizo gracia y le fue enseñando, semana a semana, durante dos años. El niño aprendió a tocar tan bien que ambos tocaban en el Metro y fueron ganando dinero, suficiente como para poder comprarse su propia guitarra, con la que le había dado el concierto a su familia.

Así somos en nuestra sociedad, la mayoría no sabe ahorrar porque no controlan su ritmo de vida. Otros lo intentan pero tienen poca constancia. Los hay que siguen ahorrando y comprando las cosas que necesitan una vez han ahorrado el dinero suficiente. Y están otros que en lugar de gastar el dinero en tener más cosas prefieren invertirlo en ser personas más completas.

Es muy bonito enseñar a ahorrar, pero es más importante enseñar a los hijos que es mejor ser que tener.