Hemos crecido en una sociedad regida por los valores del judeocristianismo, que recogió en forma de Pecados Capitales y en los 10 Mandamientos, los preceptos para llevar una vida ordenada y “decente”. Desde pequeño, da igual si tu familia era más o menos religiosa, te han inculcado una serie de valores que nos hacen formar parte de una misma cultura.

Es evidente que no matar es una buena enseñanza, así como no robar, pero si llegas a viejo respetando todas esas normas tu vida habrá sido un aburrimiento. Y recuerda que por esta vida sólo pasamos una vez, esto no es una vuelta de reconocimiento para luego volver a empezar y disfrutar conociendo lo que nos vamos a encontrar.

Desde que eres pequeño sabes que pecar es divertido, primero por romper una regla de la autoridad, que eso siempre supone un plus de motivación, y segundo porque hacías algo que el resto no debía hacer, te convertías en un elemento subversivo, un insurgente, un díscolo aunque fuera sólo durante un ratito. Luego te confesabas, rezabas tres padrenuestros y volvías a estar con el expediente limpio. Pero ese placer era muy adictivo y te quedaron ganas de repetir con otros pecados para ver si todos eran tan divertidos.

Así crece mucha gente, tentada de probar todos los pecados para ver si el placer y el pecado van siempre de la mano. Uno de los que más nos imponen en nuestra cultura judeocristiana es la de “no cometerás actos impuros”. No eres consciente de lo profundamente asimilado que está este dogma hasta que conoces a gente que no tiene estos valores morales. Ese es el motivo por el que las alemanas enseñaban las tetas en la playa mientras tu vecina la tetona no se quitaba el bikini ni por accidente.

Pero a lo que iba, vivir pecando es más divertido, o al menos más emocionante. Puestos a elegir si tuviera que decidir entre una vida larga sin pecar y una vida corta pero emocionante, creo que eligiría la corta. Cuando tienes hijos te gustaría vivir muchos años para verles crecer, pero es un autoengaño, una forma de justificar tu paso por la vida. En realidad la vida habría que vivirla a tope, probarlo todo y llevarse a la tumba todas las experiencias posibles.

Hablaba el otro día con un compañero sobre cómo sobrevivir a esta crisis que vivimos en Europa, sin trabajo para la gente joven, sin esperanza ni oportunidades. Yo le di una solución: cambiar de sociedad, irte a la otra punta del mundo, a poder ser a un país subdesarrollado donde tu formación esté más valorada y tengas oportunidades de tener prosperidad. Es decir, hacer lo contrario que están haciendo la mayoría de españoles, que emigran a países más caros y donde se están encontrando con las puertas cerradas porque ya se superó el cupo de emigrantes españoles.

El instinto debería llevarnos a vivir cada vez en sitios diferentes, probar a conocer culturas nuevas, echar raíces en otros continentes. Pues no, lo que buscamos es vivir en países del primer mundo con todas las comodidades, aunque ese mundo no tenga un sitio para ti. En cambio, con tu formación podrías tener un futuro en países en vías de desarrollo, donde no hay tantos profesionales cualificados.

Ese conservadurismo es el que hemos aprendido desde pequeño con los pecados. El miedo a probar cosas nuevas, vivir en culturas diferentes, a cambiar nuestros valores morales… En el mundo globalizado todos queremos viajar en primera clase, donde no hay sitio para todos. En cambio pocos se plantean dejar todo atrás y largarse a vivir a un país tropical, donde con un coco y una hamaca seas el más feliz del mundo. O la típica historia de un médico que aquí no tiene trabajo pero si una vida en un pueblo de Bolivia donde le llaman Don Miguel por la calle.

Al final tenía razón aquel viejo que me decía hace años que la tecnología es una forma de esclavizaciónnos hace adictos a las comodidades y dejamos de vivir, de pecar, de buscar nuestro sitio en el mundo.

No exagero, estoy seguro que en tu último viaje tuviste en cuenta que el hotel tuviera wifi gratis antes de reservarlo. No te planteas vivir en un lugar donde el hotel no tenga wifi, y no digamos agua corriente, luz o tuberías.

Hemos preferido quedarnos con wifi que con probar todos los pecados, lo más grave es que ya vemos como personajes extravagantes a los que si se atreven a vivir probando todos los sabores de la vida. Es más, lo que hasta no hace tanto era un tipo que viajaba por el mundo conociendo culturas, ahora lo llamamos aventurero. Peor todavía, salir a caminar por el campo ahora es un deporte, a esos niveles ha llegado nuestro conservadurismo, nuestro conformismo, nuestra adicción al confort. El miedo a pecar nos ha hecho regresar a la caverna para no volver a salir nunca más. Nuestra cueva ahora tiene wifi y nos permite consumir mucha información, pero siempre desde el confort y sin arriesgar nuestra comodidad.

Un consejo, la próxima vez que tengas la oportunidad, peca.