Ya sabes que soy un firme defensor de la filosofía del trabajo duro y el reconocimiento a los méritos propios. Y que muchas veces choco de frente con los más progres que defienden la uniformidad social, donde nadie tenga más que los demás. Pero el tema de hoy va encaminado a reflexionar en voz alta sobre qué pasa por nuestra cabeza cuando aceptamos jugar con las reglas de juego del liberalismo (tanto tienes, tanto vales) y no logramos destacar en ninguna faceta pese a nuestro esfuerzo. Si te interesa el tema te invito a que dejes un comentario con tu aportación.

Definir qué es ser el número uno en algo es complicado. Para mucha gente puede ser sinónimo de éxito, popularidad, prestigio profesional, reconocimiento público e incluso riqueza. Pero ya sabes que no siempre es así, sobre todo porque en muchas ocasiones ese concepto es discutido por quienes dicen serlo. Te pongo un ejemplo: ¿Cuál es periódico nº1 en lengua española? Unos dirían que la red que tiene más visitas, otros que el diario que tiene mayor influencia, y en muchos casos esos dos conceptos, audiencia vs influencia, no coinciden en un mismo protagonista. Es lo de siempre, puntuar la calidad frente a la cantidad. Pero no nos vayamos por las ramas que esto era sólo un ejemplo de lo complicado que resulta definir qué es ser el número uno en algo.

Si tienes una carrera profesional donde aspiras a ser el nº1 en tu campo, tienes que asumir que siempre habrá alguien mejor que tú. Siempre. No digo que tires la toalla en tu búsqueda de la excelencia, sino que asumas que en un ranking tan importante es ser el nº1 como el nº5. Lo importante es saber donde están tus límites, tus carencias, y con esa base poder disfrutar de tus logros.

Cuando hacen público un ranking de blogs es como dar una gran bofetada a los bloggers. Nadie está satisfecho con el lugar que ocupa, en realidad deberían crear rankings con 100 puestos para el nº1, porque son muchos los que opinan que deberían ocuparlo con total justicia. También hay otros bloggers que dicen no prestar atención a rankings y que no necesitan ningún tipo de refuerzo para saber si están haciendo bien las cosas. Pero en realidad mentimos cuando decimos eso, porque siempre, siempre, siempre buscamos qué lugar ocupamos, y luego valoramos el ranking en función de cómo hayan sido de “justos” con nuestro blog. Si nos han menospreciado, automaticamente queda menospreciado el ranking. Eso es así.

Pero hay otra forma de tomarse estos temas, porque en los rankings de la vida real sólo hay hueco para un nº1. Pero es que también hay sólo un nº5, un nº70,  un nº204… Esos puestos son a su vez únicos y envidiados por los que ocupan puestos inferiores. En tu mano está disfrutar del puesto que ocupas en el ranking social.

Entiendo que después de muchos años de duro trabajo, si los resultados no llegan o no alcanzan los objetivos que nos pusimos en mente, eso crea frustración y te genera ansiedad. Pero en realidad ha sido un error de planteamiento por tu parte. Ponerte un objetivo te estimula, pero no alcanzarlo no debe suponerte un drama. Has disfrutado del viaje, ahora tienes más experiencia que antes, y lo más importante: conoces algunas de tus debilidades y de tus límites. Seguro que ese aprendizaje vital será suficiente premio, al menos deberías tomarlo así. Por encima del puesto que ocupes la experiencia es la verdadera razón por la que se hacen las cosas.

Además, recuerda que cuando eres el nº1 estás completamente solo, nadie te rodea, nadie te supera. Pierdes la perspectiva, no tienes feedback sobre qué estás haciendo bien o mal. Es tan irreal que su regusto al final suele ser amargo, y muchos personajes que a lo largo de su vida han logrado posicionarse como el nº1 de su profesión, abandonaron todo para empezar desde cero en otro campo y probarse hasta donde podrían llegar (recuerda a Michael Jordan que cambió basket por béisbol).

La próxima vez que participes en una competición y no acabes el nº1 piensa esto: el puesto que ocupas puede ser más o menos justo según tu criterio. Pero eso sólo es un número que algún día olvidarás. En lugar de frustrarte piensa en cómo ha sido la experiencia de participar, si has conocido a personas interesantes por el camino, si la experiencia ha valido la pena, si volverías a repetir en otra ocasión. Analizarlo todo al detalle y extraer lo positivo y dejar de lado lo negativo. Así hay que tomarse en realidad la vida, que al fin y al cabo no deja de ser un ranking que te acaba colocando en el peldaño de la escala social que te corresponde.

El espíritu olímpico hizo famoso aquello de que lo importante no es ganar, sino participar. Pero eso fue una mala traducción, porque parece que niega el beneficio de una victoria frente a una derrota, y tampoco es eso. Hay que quedarse con la experiencia, que ya puede ser una victoria o una derrota, pero en definitiva si basamos nuestra percepción del concépto del éxito en base a cómo lo hemos pasado en lugar del número de títulos logrados o la posición que ocupamos en la clasificación, nuestra vida será mucho más gratificante y enriquecedora.

Te invito a que utilices estos planteamientos en tu día a día para vivir más feliz contigo mismo.