Ayer una breve charla con un viejo compañero de internet me hizo meditar sobre un asunto que en realidad está de máxima actualidad. La de gente que ha cogido las maletas y se ha ido lejos de su tierra, de su familia, de sus amigos y seres queridos, para encontrar un trabajo digno. Ya, no es nada nuevo, la emigración por motivos laborales existe desde siempre, pero a los que hemos crecido viendo “Vente a Alemania, Pepe” y nos sonaba al Paleolítico, es duro y difícil de entender cómo hemos ido a parar de nuevo a esa situación.

La frustración del desempleo

Somos muchos los que hemos dejado atrás a la familia para empezar una nueva vida. No es lo habitual en los países mediterráneos, aunque mucho más frecuente entre los anglosajones. Llegas a una edad adulta en la que te toca buscar nuevas fronteras por descubrir. Abandonas el nido familiar que te aporta bienestar y seguridad, y te montas una nueva “franquicia” para que tu apellido siga creciendo.

Recuerdo cuando estuve en Estocolmo y hablé con un chaval de 19 años que me contaba cómo funcionaba allí el tema. A los 18 años su padre le pagó 1 año de alquiler en un apartamento pequeño. Él se fue a vivir allí con su novia y mientras estudiaba tenía un minijob en la Ericsson empaquetando móviles. Cuando le expliqué que yo a los 27 todavía vivía con mi familia en casa no se lo podía creer. La primera pregunta suya fue: “¿Y qué haces cuando quieres estar con tu chica?”. Le expliqué así sobre la marcha la cultura del coche y los follódromos que todos conocemos en nuestras respectivas localidades. Se descojonó cuando se lo conté.

A mi me sorprendía igualmente que un padre ya eche de casa a su vástago a los 18 añitos, pero luego lo acabas entendiendo. Eso te forja carácter, te hace ser responsable ya en la adolescencia, asumes roles de adulto que te alejan de los vicios porque hay que pagar facturas desde muy joven. Si, algunos pensarán que eso es una locura y que los jóvenes sólo tienen una obligación: estudiar y divertirse. Claro, así nos va a nosotros, que estamos a la cola de todo en Europa y con un paro juvenil que en cualquier otro país habría provocado una guerra civil.

Ya he tocado el tema de la emigración en muchas ocasiones. Siempre os doy mi punto de vista como sujeto activo que ha probado la experiencia y que está encantado por el resultado. Pero está claro que no a todo el mundo le sale bien la apuesta. Hay quienes se han largado también a 1.000km y las están pasando canutas, con apuros para llegar a fin de mes y mucha morriña por tener lejos a la familia.

Lo entiendo perfectamente, pero cada uno se lo monta como cree conveniente. Yo me he mentalizado que “uno pace donde yace y que, desde hace ya casi 8 años que me fui de Andalucía, tengo claro que mi sitio no estará allí nunca más. He abierto una nueva sucursal en Cataluña, donde dirigiré mi familia como si fuera mi propia empresa, invirtiendo mi tiempo/dinero en cultivar unos valores e ideales. La ventaja de la distancia es la independencia. Las desventajas ya os las imagináis todos, y lo peor es que cada persona asimila la distancia a su manera, unos mejor y otros peor, y otros que directamente no la soportan y tienen que volver al poco tiempo. Todas esas decisiones son respetables para mi, al final eres tú el que lo ha decidido.

La familia en países como España e Italia sirven de elemento cohesionador de la sociedad. Te dan apoyo afectivo y económico cuando más lo necesitas. Por eso es raro, y se le trata como tal, al miembro de la familia que prefiere “dejar el club”. Es un renegado, un desagradecido, un “malaje”. Si, tal vez. Pero nadie te dijo que tuvieras que morir en el mismo sitio en el que naciste. Que hay muchas formas de conocer otras culturas, puedes irte de vacaciones 2 semanas o vivir años en esos sitios y empaparte de verdad de nuevos valores y culturas diferentes.

En mi caso conté con muchísimas ventajas al emigrar. Al llegar tenía lo más importante: amor, hogar y trabajo. Me vine en los años previos a la crisis y fue como el que se sube al último tren, en marcha. Otros han venido detrás y no han podido llegar al tren, por eso lo están pasando realmente mal y rezan por volver a su tierra. Yo encontré esposa, casa y un buen empleo que no se ha visto afectado por la crisis. Otros ya hace un par de años que volvieron a casa después de agotar su paciencia.

Imagino que muchas veces no vuelven por miedo al qué dirán. Por miedo a que los demás vean esa vuelta como cuando un perro vuelve con el rabo entre las patas después de haberse ido a buscar pelea con perros más grandes y peligrosos que él. A vosotros os digo que olvidéis esos temores. Si de verdad son vuestra familia os acogerán con los brazos abiertos, sin traumas. Te habrá servido de experiencia y conocerás cuales son tus límites afectivos, hasta donde puedes irte sin echar de menos los abrazos de tus padres.

Pero todo tiene una pega. En estos momentos sabemos que hay países donde no están sufriendo la crisis del desempleo que tenemos en España. ¿Qué te impediría irte a vivir a otro país? Ni siquiera asegurándote un trabajo digno se iría mucha gente. Allá cada uno, pero ya os aviso que toda la vida no se puede vivir de la caridad familiar. Que estamos aquí sólo una vez y hay que vivir nuestra propia vida, no una prestada.

Yo me fui de mi tierra y dejé atrás a mi familia por amor y por encontrar un trabajo digno. Lo recomiendo a todos a los que les cuento mi historia. Otros han tratado de imitar mi experiencia pero les salió mal. Estoy seguro que muchos no repetirán experiencia, otros en cambio ya están pensando cuando y cómo volverán a intentarlo.

A estos últimos me dirijo para finalizar:

Tenéis que seguir intentándolo, estáis manejando vuestra propia vida, sois los guionistas de vuestro papel en el mundo. Sólo por tener la sensación de tener siempre el poder de decisión en tus manos merece la pena intentarlo una y otra vez. Sigue intentándolo, lo vas a conseguir. Lo vamos a conseguir.