Vaya por delante que no soy un apasionado de los coches de lujo. Tengo tan claro que jamás tendré un Ferrari, Bentley, Maybach… que no pierdo el tiempo babeando con las revistas de motor que hablan de estos modelos exclusivos.

Pero hay una marca que me llama la atención y no es por su automóviles precisamente, se trata de Rolls-Royce: la marca que todos tenemos asociada al lujo en nuestras mentes. Decía que me llaman la atención no por sus coches, sino por algunas leyendas urbanas que circulan sobre su filosofía de marca que siempre me gustan escuchar (y quiero pensar que alguna tenga algo de verdad y poco de leyenda).

Para empezar hay una curiosidad con la ficha técnica de éstos coches. Cuando consultabas la potencia del motor aparecía la siguiente frase:

La necesaria para lanzar a más de 200 km/h más de dos toneladas de coche.

En la actualidad ya no aparece este clarificador mensaje y por tanto se ha comenzado a tratar el tema como una leyenda, aunque si visitas cualquier foro de amantes de la marca podrás comprobar que hay todavía varias fichas con éste mensaje.

Otra leyenda (de las más extendidas) es la del escritor Rudyard Kipling, quien en 1932 se encontraba en el sur de Francia con su Phantom y tuvo problemas con los frenos del coche. Hizo noche en un hotel y llamó al distribuidor de Paris para explicarle el problema. A la mañana siguiente salió de su habitación y no vió a nadie trabajando en su coche, por lo que le pidió al director del hotel que volviera a contactar con el distribuidor y protestara por la tardanza.

– Monsieur, los señores de Rolls-Royce vinieron esta noche y descubrieron que era un fallo sin importancia que ya ha sido subsanado.

Kipling interrogó al director del hotel y supo que los mecánicos habían viajado durante toda la noche y repararon el coche antes del amanecer. No avisaron de su llegada para no molestar el descanso del cliente.

La siguiente leyenda (la más versionada) habla sobre un diplomático británico que estrenaba su Rolls-Royce cruzando los Alpes cuando escuchó un extraño “Clank” e instantes después un muelle del amortiguador delantero se rompió.

El diplomático realizó una llamada de larga distancia al distribuidor de Paris y en menos de lo que esperaba aparecieron 3 mecánicos en una avioneta transportando el recambio para arreglar el muelle roto que había interrumpido su excursión por las montañas.

Ahora viene lo curioso: Seis meses después de aquel incidente todavía no habían recibido la factura en el domicilio del diplomático británico. Extrañado aprovechó uno de sus viajes a Paris para personarse en la fábrica y solicitar el importe en persona. Al solicitar que buscaran una factura sobre una reparación de un muelle en las montañas de Suiza recibió una sorpresa. El propio director de la planta le atendió en persona y con una mirada de reproche le explicó:

– Debe haber un error, Señor. No tenemos constancia de un muelle roto en ninguno de nuestros Rolls-Royce. Buenos días.

Genial! La marca reparó el automóvil gratuitamente, lo hizo para no ensuciar su imagen de fiabilidad y lujo que le había acompañado desde su nacimiento.

Otra leyenda muy simpática habla de un jeque árabe del petróleo que pensaba que los Rolls-Royce era coches pasados de moda y cansado de ellos eligió un Mercedes como coche particular. Al salir del concesionario de Mercedes le dijo a su chófer que fuera detrás conduciendo el viejo Rolls-Royce. A los pocos kilómetros el Mercedes se averió.

La última leyenda habla de un hombre al que le tocó la lotería. Siempre había soñado con comprarse un Rolls-Royce y una de las primeras cosas que hizo después de cobrar el premio fue pasar por el concesionario para comprarse uno.

El coche fue entregado a la mañana siguiente por un chófer uniformado que tras dejar el vehículo y entregarle las llaves a su nuevo propietario se marchó en otro Rolls que vino a recogerle.

Era tan lujoso el coche que tardó más de una hora en atreverse a subir en él y utilizarlo. Cuando se subió y giró la llave de contacto no sucedió nada. Repitió de nuevo y nada, no hacía nada el coche.

Por supuesto que llamó al concesionario muy enfadado y quejándose de la falta de seriedad al entregar un vehículo que no arrancaba. En unos minutos se personó un mecánico en su domicilio y le explicó que el coche arrancaba perfectamente pero que hacía tan poco ruido que no podía escucharlo. Y es que el eslogan de ese modelo era:

– A 60 millas por hora, el ruido que más se escucha en este Rolls-Royce es el del reloj eléctrico.

Espero que te hayan gustado estas leyenda que hablan de otros tiempos, de otras políticas de atención al cliente, de otra filosofía empresarial. A los que nos hemos educado en una sociedad consumista todo ésto nos suena a cuentos chinos, tal vez lo sean, pero nos sirven de ejemplo de que existe otra manera de tratar al consumidor.